12 marzo 2013

D DE DIBUJO, L DE LIBRO, P DE PINTURA O DE CÓMO PABLO GALLO Y YO NOS CONOCEMOS SIN CONOCERNOS.


A. Por fin he tenido tiempo de visitar a mi antiguo jefe.  El buen hombre me recibe con la misma calidez y afecto de siempre. Saluda feliz y emocionado, y luego de unos minutos, me dice que la profesora X, a quien no conozco personalmente y con la que sólo he intercambiado un par de correos electrónicos, me ha enviado su más reciente libro. Dice que me lo envía con cariño y que sabe que en él encontraré un texto que será de mi interés. Recibo el libro y, después de algunos minutos más de conversación, salgo un poco desconcertada de la que, hasta hace unos meses, también fuera mi oficina. Abro el libro. Lo reviso con ansiedad y asombro, intentando entender cómo alguien que no me conoce puede conocerme, cómo puede saber qué me interesa. Repaso el índice en el que aparecen nombres como Nikolái Gógol, Carson McCullers y Clarice Lispector, entre otros que me gustan pero no llenan la expectativa de un regalo como ese. Llego al último capítulo y sonrío. Ahí está el extraño y melancólico Robert Walser. Sigo sin entender cómo ha logrado saberlo, pero sé que era a ese capítulo al que se refería la señora X. Le agradezco mentalmente y guardo el libro en mi bolso. 

B. Llevo un par de días dándole vueltas a un asunto sobre el que quiero escribir, pero, para variar, no sé bien cómo hacerlo. Mientras eso sucede, me avisan que por fin podré ver el libro en el que colaboré hace algo más de un año. Voy a buscar mi ejemplar cuanto antes. Lo tomo con una desbordante ilusión que se desvanece un minuto después al ver la desastrosa portada en la que parece que un hombre estuviera siendo atacado por una decena de libros. Pienso en todas las conversaciones que he tenido sobre la belleza de los libros. Pienso en el contenido, pero también en todos los elementos que pueden "hacer" a los libros buenos y bonitos libros. Imagino grandes portadas, ilustraciones y pinturas históricas. Pienso, suspiro y guardo el libro en mi bolso.

C. Miro, repaso y vuelvo a admirar su trabajo. Me gusta imaginarme cómo llegó a interesarse en la literatura. Invento su voz y una conversación en la que me cuenta su historia. Leo esa bonita entrada en su blog sobre la pintura de la mercería coruñesa que, curiosamente, se llamaba Veracruz. Invento el día en el me dice que ha decidido hacer para mí una nueva "Lectora buscando un pasaje", y que quiere que me siente a buscar algo en un libro de Walser. Busco a Greg Stevenson. Prefiero regresar a su página y repasar Anti-faces, El libro del voyeur, intento encontrar algo más sobre HiperHibridos. Escribo esto escuchando a Nacho Vegas mientras me pregunto por el carácter de su trazo y el ímpetu de sus pinceladas. Cierro su blog y, mentalmente, guardo sus pinturas en mi bolso.  


Lectora buscando un pasaje                                                                            Lector ensimismado
(Colección particular, 81 x 72, acrílico sobre lienzo)     (141 x 86 cm, acrílico sobre lienzo) 

            


















                                    En la cama con Chéjov (50 x 100 cm, acrílico sobre lienzo)



 
La chica que no podía dejar de leer a Sade
(50 x 65 cm, acrílico sobre lienzo)


Lectora compulsiva
(73 x 60 cm, acrílico sobre lienzo)




Lectora de sala de espera
(60 x 60 cm, acrílico sobre lienzo)


LOS RAMONES
(Ramón Gómez de la Serna, Ramón María del Valle-Inclán y Juan Ramón Jiménez)
Dibujo de la serie HiperHibridos


Pd. Recomiendo especialmente la serie Demasiada calma en la ciudad.

31 diciembre 2012

ESTA NO ES UNA HISTORIA DE VACACIONES, SOSTIENE ALEJANDRA.

Un día atrás casi había abandonado el equipaje dentro de una oscura habitación y me había encaminado a cumplir la cita que teníamos pactada sin que él terminara de enterarse del todo de ella. Algo me pareció ligeramente conocido, pero al final terminé por no prestarle demasiada atención, porque por aquellas calles transitaba la nostalgia de un verano que no acababa de ser del todo cálido y eso incomodaba mis inventados recuerdos. Subí por la calle del hotel y, sin mucha concentración, viré a la izquierda. Solo caminaba mientras mi mirada se dejaba ir entre una cosa y otra. Pasaba rápidamente la vista sobre los árboles y las espléndidas casas que, cerradas y semi-abandonadas, parecían ocultar tristes historias. Luego la certeza, la busqueda con algo de desesperación y casi incredulidad ante los deseados azares. El número sesenta y seis, sí, ahí estaba. El edificio en el que los visitantes debían temerle a la portera. Ahí la calle que hasta los turistas (extraños en esta zona) subían con un gran esfuerzo y que anticipaba el futuro cansancio...  
                                                                  
   
    


Han pasado más de 6 meses desde entonces y no ha habido día en el que no haya pensando cómo escribir sobre esto. No quería convertirlo en unos de esos molestos ejercicios que, al terminar las vacaciones, los profesores  nos obligaban a redactar sobre nuestras tediosas y siempre predecibles semanas de descanso. Los recuerdo con fastidio. No se podía esperar demasiado. Aventuras sin aventura en las que, los chicos que tenían suerte y algo de dinero, repetían incansablemente los días de sol que habían pasado junto a alguna piscina de cualquier pueblo cercano a Bogotá. Mi relato o dibujo (el ejercicio siempre contaba con estas dos “sorprendentes” posibilidades) con frecuencia era de los más aburridos. En mi familia no había dinero más que para ir al cementerio dos veces por año y dejar flores en las lejanas tumbas de mis abuelos. El cementerio quedaba al otro extremo de la ciudad y debíamos encerrarnos en un autobús por casi 2 horas para llegar allí. En fin, me disperso, el punto es que he pensado mucho tiempo cómo hacerlo, cómo escribir esto y creo que aún no lo tengo claro, no me siento segura. 
Cuando empecé este blog me propuse secretamente hacer público una vez por mes algo que me interesara, algo que escribiera o... no sé, cualquier cosa. Un vez por mes... Como verán no soy muy buena con los diarios, no tengo desarrollado el hábito, me cuesta trabajo. Nunca estoy muy convencida de lo que quiero contar o del para qué hacerlo.  No tengo espíritu de cronista. Me siento más cercana al alma en pena que repasa sus pasos. Sucede que hace algunos meses decidí, después del azaroso encuentro que abre este post, que intentaría introducirme en una historia que había ocurrido, literariamente hablando, mucho tiempo atrás y así sin más, continuo.        

Luego de la fatigosa caminata logré “arrastrarme hasta la parada más cercana del tranvía” y tomé uno que me llevaba hasta Terreiro do Paço. Casi enseguida de haberme apeado, subí en otro tranvía que iba hacía el castillo. Bajé “a la altura de la catedral, porque él vivía cerca, en Rua da Saudade”. Caminé por la rampa de la calle y me imaginé el momento en el que la portera (que le había preparado chuleta para cenar) abría la puerta. Después de eso todo fue turismo convencional. Vagué por las calles como podría haberlo hecho él, cené sardinas y bebí algo de vino.
A la mañana siguiente en lo único que podía concentrarme era en el clima y en el desayuno. Deseaba sentir el agobiante calor sobre el que él insistía frecuentemente. Nada de eso. La brisa era fuerte. Nada que hacer, mi construcción de recuerdos tendría algunas variantes. Salir nuevamente del hotel, virar a la izquierda, caminar una calle, encontrar Rua Rodrigo da Fonseca, cerca de Alexander Herculano. No podía estar demasiado lejos. A poquísimos pasos sobre Alexander Herculano, en el número cuarenta y siete, allí estaba, se conservaba, resistía. 
En el Café Orquídea no puedo pedir algo diferente. El mesero me trata con condescendencia porque rápidamente se da cuenta que no hablo portugués, tiene paciencia. Unos minutos después pone mi pedido sobre la mesa y es entonces cuando creo verlo sentado frente a mí. Es él o al menos es alguien que providencialmente se ha sentado ahí y me lo recuerda. Repito su rutina, y es que no puede ser de otra forma, esa limonada nadie la podría beber sin ponerle toda la azúcar disponible en el planeta, el omelette a las finas hierbas sin embargo, me decepciona un poco. 

                   

Esa misma tarde a la hora de comer elijo el café- restaurante del Rossio. Recuerdo que a él "le pareció la elección más adecuada para ellos, porque en el fondo eran dos intelectuales y aquél era el café y el restaurante de los literatos, en los años veinte había sido famoso, en sus mesas habían nacido revistas de vanguardia, en resumen, que allí iban todos, y quizá alguno siguiera yendo todavía”.





No me queda mucho tiempo, debo apresurarme. Esta sí es una mañana cálida, una mañana lo menos propicia para un café, pero ya me quedan pocos recuerdos inventados por repetir. En realidad llegar no es difícil, en días anteriores he pasado dos o tres veces frente al lugar; sin embargo, llevo conmigo el equipaje y temo no alcanzar a hacer todo antes de que salga mi avión. “Era mejor darse prisa, el (avión) saldría dentro de poco y no había tiempo que perder". Acelero el paso, casi corro. Un tranvía más y una larga caminata. El sitio es oscuro, no exactamente acogedor, pero da una idea clara de las razones por las cuales alguien lo utilizaría para encontrarse a escondidas con alguna persona y, además, queda bastante lejos del Café Orquídea y del edificio en el que funciona la redacción del Lisboa. Ninguno de los dos están allí y tampoco hay alguien que los represente o que los reemplace. No son más de las 9 y el British Bar se encuentra casi vacío. Tengo que llamar a gritos al empleado porque no hay nadie en la barra y yo no deseo irme sin tomar un café. El tipo que sirve es bastante tosco. Bebo mi café y tomo algunas fotografías con más pena que entusiasmo. 

               


                                                       



Se acaba mi tiempo en Lisboa, se acaba la novela. Camino hacia Plaça do Comércio y pienso con nostalgia en Montero Rossi, en Pereira, en Tabucchi, en Pessoa y en todo aquello que animó a viajar hasta allí. Lamento los muertos, los del libro, pero sobre todo los de la vida real. Pienso en mi abuela que ha fallecido mientras yo realizo esta travesía literaria. Pienso en despedidas... “Tal vez, en la inescrutable trama de los eventos que los dioses nos conceden, todo ello tenga su significado”. 

21 julio 2012

SAUDADE


O valor das coisas não está no tempo elas duram, mas na intensidade com que acontecem. Por isso existem momentos inesquecíveis, coisas inexplicáveis e pessoas incomparáveis. 
                                                                           Atribuido a Fernando Pessoa.   




"Saudade es una palabra portuguesa de ardua traducción, puesto que es una palabra-concepto, de modo que se traslada a otros idiomas de manera aproximativa. En cualquier diccionario la encontraremos traducida como «nostalgia», palabra joven (fue acuñada en el siglo XVII por el médico suizo Johannes Hofer) para un asunto tan antiguo como la saudade. Si consultamos algún prestigioso diccionario portugués, como el Morais, tras la indicación de la etimología soidade o solitate, es decir «soledad», nos dará una definición muy compleja: «Melancolía causada por el recuerdo de un bien perdido; dolor provocado por la ausencia de un objeto amado; recuerdo dulce y triste a la vez de una persona querida.» Se trata, por lo tanto, de algo desgarrador, pero que también puede enternecer, y no atañe exclusivamente al pasado, sino también al futuro, porque expresa un deseo que uno querría ver cumplido [...] Es una nostalgia al futuro."

Viajes y otros viajes
Antonio Tabucchi  

10 marzo 2012

NO TODOS PUEDEN SER MUÑEQUITOS ANIMADOS.

                                                                                         "More than this, you know there's nothing"


I
Esta entrada surge de un texto que Milena me confió hace un par de meses o, quizá se lo debo a la conversación sobre sueños rotos que tuve con mi madre durante las vacaciones... Miento, en realidad  surge del detestable y falso cabello rubio de la novia(¿?) de un amigo... No, en realidad la culpa la tiene esa -ya famosa- película en blanco y negro. Aunque... Si lo pienso con calma, creo que nace de una exposición a la que no podré asistir... En fin, todo surge de Lost in Translation.





II
Yo nunca quise ser fotógrafa y siempre supe que Mile sí lo era.

Yo quise ser la rubia en una de las películas de Hitchcock, pero sin ser rubia.
Yo quise ser faraón egipcio, chelista y arqueóloga.
Yo quería ser el malo de una película del Oeste.
Yo siempre quise ser astronauta y futbolista. 
Yo quise ser Clara Schumann y Alma Mahler.
Yo quise ser un cuadro de Modigliani y un ángel de Chagall. 
Yo quería ser la Olympia de Manet. 
Yo soy la lectora del cuadro de Hopper.
Yo soy a quien no retrató Balthus.
Yo soy la chica de la bolsa.
Yo soy un número de Fibonacci.
Yo soy un muñequito animado.
Yo nunca quise ser fotógrafa.
Yo siempre supe que Mile sí lo era.





III
En su página personal él empieza diciendo que pinta ideas de plata... Y entonces Mile ya sabe a lo que se refiere. El País  lo llama "especialista del engaño". Pero para mí no es más que un niño que quiso -como yo- ser el ilusionista del circo. 
Los objetos, la vida, la cotidianidad.
Chema Madoz es madrileño, y hay tanto sobre él en la red que prefiero ahorrarme el trabajo de pegar aquí un vínculo inútil. 
Chema, es mi regalo en la distancia para alguien a quien en unos años espero encontrar con la misma cantidad de resultados en google o cualquier buscador del momento. 
Chema es quien dice que "Con el color siempre puedes datar una imagen, pero el blanco y negro es más intemporal. Además, es una reelaboración de la realidad. Al carecer de color, las imágenes pertenecen a un territorio distinto que tiene que ver más con lo imaginario." 
Chema me recuerda que mis últimas fotografías en blanco y negro con cámara análoga fueron en París, y que ninguno de ustedes sale en ellas. 
Chema, Milena y yo... Las palabras, las luces y los días.
Chema Madoz en Madrid, Milena Amaya en Buenos Aires y Alejandra Saavedra en el Distrito Federal.
Chema Madoz...













31 diciembre 2011

Un Axolotl en Samarcanda

Alguna vez hablamos sobre el particular placer que me produce que mis amigos lean los libros que yo ya he leído. Mi razón es más que obvia, en realidad es algo más que simple: es mi mejor oportunidad para releerlos y poder hablar con alguien de ellos. 

Este post es la despedida de un año que en el que me permití muchas relecturas. También es un saludo y un agradecimiento a quienes hicieron posible encontrarme nuevamente acogida entre las páginas que me dejan ser a diario quien soy. Este post es para ustedes y también para esa persona que me regalo una foto de infancia.

"Después de todo, la memoria no es un acto voluntario, es algo que ocurre a pesar de uno mismo, y cuando todo cambia permanentemente, es inevitable que la mente falle, que los recuerdos se escapen."
                                                                                                                                        Paul Auster







08 noviembre 2011

Con rumbo al sur


En la oscuridad del autobus, él, amablemente, enciende una lucecita y ella le sigue leyendo.